“La realidad del tiempo ha sido reemplazada por la publicidad del tiempo” (Tesis 154 de La sociedad del espectáculo).
Como epígrafe, Debord toma la tesis fundacional de Feuerbach, formulada en el prefacio a la segunda edición de La esencia del cristianismo, con la finalidad de establecer el marco teórico del espectáculo: “Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profundo es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado”. Premisa mayor que denota la imposición del mundo de las representaciones sobre la Weltanschauung (filosofía de vida) de los individuos.
En este sentido, si la lógica del espectáculo encarna y toma las riendas de la negación de la vida misma mediante la presentación de formas particulares de la información o propaganda —concepciones unitarias en apariencia que, sin embargo, luego de su disolución, se fundieron monotemáticamente debido a la formación socioeconómica sobre el empleo del tiempo—, en consecuencia de la positividad tautológica en la que esta forma social se produce, se configura un artificio de la falsificación de la vida social, produciéndose así una suerte de paradoja donde toda realidad individual se ha convertido en social, debido al tiempo ilimitado en el que estamos imbuidos. Se debe entender al espectáculo como capital dentro de la producción y consumo de bienes, los cuales son, a su vez, momentos postulados como deseables de ocio que aluden a una realidad aumentada, representada abstractamente bajo la forma de objetos sensibles. En este punto, los medios del espectáculo son a la vez sus fines.
Ahora bien, la figura de publicidad o consumo —proceso en el cual su naturaleza radica en el mismo eje temático directo de diversiones— establece un escenario en donde, para el ser mismo, ya no es posible más que la aceptación pasiva del monopolio de la apariencia, que ha tomado a su cargo la totalidad de la existencia humana a través de la hipnótica ilusión inducida por las pseudonecesidades; el “pseudo uso” de la vida. En virtud de que “Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representacion”.
Cabe considerar que las condiciones estructurales son las mismas, a pesar de que las formas bajo las que se presenta la forma-mercancía son distintas; (ahora, mercancías vedettes), esto debido a su unívoco desarrollo cuantitativo. Marx exhibía que “un producto que ya existe bajo una forma que somete lo propio al consumo puede, sin embargo, convertirse a su vez en materia prima de otro producto” (El capital). Este proceso, que es propio de la burocracia estatal moderna, ya sea en el espectro sindical o en la fusión del capital y del Estado (capitalista). No obstante, y si bien el proyecto de Marx es el de una historia consciente, el aspecto determinista-científico —heredado de la barrera de la teoría dialéctica antitética hegeliana, que nunca pudo superar con Engels— fue precisamente la brecha por la cual penetró el proceso de ideologización; es decir, una tendencia subjetiva en su metodología bajo la forma de críticas de disciplinas particulares. Además, la inviabilidad de la propuesta de la imagen de un desarrollo lineal de las fuerzas de producción, en donde se define al proletariado como único pretendiente a la vía histórica, contiene así una dimensión autoritaria.
Si el fascismo se constituye como la forma más costosa del mantenimiento del orden capitalista —debido a que abandonó las grandes representaciones de los Estados capitalistas para adoptar formas más racionales y más fuertes en este orden, a pesar de ser el arcaísmo técnicamente equipado—, el anarquismo colectivista retiene únicamente la conclusión (su conclusión total), en donde la exigencia deliberada de esta conclusión se convierte en un rechazo al método, en tanto “su lucha política es abstracta, dada por las exigencias parciales del rechazo de las condiciones existentes para el conjunto de la vida y no alrededor de una especialización crítica privilegiada”. El espectáculo se constituye como la instancia superior directa del capitalismo tardío: instancia donde se pondera un tiempo pseudocíclico que toma características propias del tiempo cíclico y del tiempo irreversible.
“El tiempo lo es todo, el hombre no es nada; a lo sumo es el esqueleto del tiempo” (Miseria de la filosofía).
Dentro de las dimensiones del campo de acción que el mismo espectáculo ha producido para operar como consecuencia y principio de los bloques temporales, los cuales individualmente se constituyen como una sola mercancía unificada que ha integrado cierto número de mercancías diversas, ha desgarrado y suprimido la dimensión cualitativa de lo cotidiano para mantener los rasgos esenciales de unidades homogéneas intercambiables. Así, se retroalimenta un mercado de empleos del tiempo socialmente organizado (fines de semana, temporadas, lanzamientos, vacaciones, eventos calendarizados anualmente); esto se traduce en “momentos representados a distancia y postulados como deseables como toda la mercancía espectacular”.
En consecuencia, la vida individual se aleja de la vida histórica natural, erigiéndose una falsa conciencia también distanciada del tiempo histórico. La realidad distorsionada por la alienación efervescente del estímulo, dada la abundancia de imágenes en su rol de representaciones de lo tangible, produce que el sujeto se realice perdiéndose; así se transforma en otro para llegar a ser la verdad a sí mismo, Hegel ya lo señalaba de este modo. Sobre esta base es menester precisar que, mediante el mecanismo de unificación del espacio de la producción capitalista dado el proceso inminente de globalización, se han tecnocratizado las técnicas de reproducción de la cultura reificada para generar una pseudo-colectividad en donde se busca recuperar a los individuos aislados; para dicho fin se utiliza el espacio mediado por las técnicas urbanistas de los centros comerciales, los pueblos de veraneo, las grandes urbanizaciones, fábricas, flagship stores, parques temáticos, casas de cultura; todo aquello que represente a la experiencia mediante la variable de la excepcionalidad; solo así las imágenes de lo ostensible adquieren su pleno poder. “Por primera vez una nueva arquitectura que en cada época estaba reservada a la satisfacción de las clases dominantes, se encuentra directamente destinada a los pobres”. Hay un nuevo género de existencial social que se trata de implantar allí; se trata de una disolución que nos guía hacia el autoconsumo.
Cabe recalcar que la cultura es ese refugio donde se busca la unidad perdida, pero dado que esta ha alcanzado su plena autonomía al igual que la filosofía, comienza un movimiento imperialista de enriquecimiento que desemboca en su insuficiencia y autosupresión ante la independencia del curso de la historia, en negación del movimiento histórico, de la teoría-praxis que deriva en conocimientos fragmentarios de la totalidad, sin ningún hilo conductor aparente. Solo queda suspendido de manera inerte “una colección de recuerdos” de la historia del arte; corolario expresivo en pos de la estética como unidimensionalidad. Hay una fluctuación en un ámbito de la infracomunicación.
En esta instancia devienen estados de la crítica no dialéctica sobre las formas de banalización dentro de la sociedad, sirviéndose de datos empíricos que se limitan a la mera descripción de lo que se considera racional desde la arista de modelos elaborados por la lingüística y la etnología de la moral; el sentido común, llamamientos a la mesura totalmente sin sentido, los cuales conllevan consigo una sistematización estructuralista debido a la imposición de un lenguaje de una sociedad que se habla a sí misma, omitiendo la causa y efecto del conflicto que está en el origen de todas las cosas del mundo. Adicionalmente a lo expresado, el análisis realizado de categorías que expresan formas y condiciones de existencia se articulan circunscritamente al discurso oficial, porque se consideran tales épocas de transformación fuera de un núcleo objetivado, es decir, según la conciencia que de ellas tiene la época; cuando muy por el contrario se debe explicar la conciencia recurriendo a las contradicciones de la vida material. En estos términos se conforma el pensamiento antihistórico, dado que “el estructuralismo es el pensamiento garantizado por el Estado”. “La estructura es hija del poder”. Deduciendo, la teoría crítica debe expresarse en el lenguaje de la contradicción, siendo inherentemente dialéctico en su forma y contenido; el paradigma se fundamenta en la crítica de la totalidad, la crítica histórica y ya no parcializada. Hay que destacar que la realidad de la que se habla sobre la crítica espectacular es la de la racionalidad económica.
“La verdad no es como el producto en el cual no se encuentra rastro alguno de la herramienta” (Hegel).
Entonces, ¿la historia de las ideologías ha terminado? Las pretensiones ideológicas adquirieron una llana exactitud positivista. El totalitarismo de la ideología del espectáculo impera a diestra y siniestra, de forma que expone, a la vez que manifiesta en su plenitud, la esencia que parte del anarquismo (bakuninistas) y concluye en la subordinación entrañable de las instancias fascistas, marxistas (ortodoxo o bajo sus diversas formas adoptadas como adaptadas; marxistas revolucionarias, socialdemócratas o capitalistas). “El espectáculo es materialmente la expresión de la separación del hombre y el hombre”. “La nueva dominación del engaño”. La contemplación plasmada en la simbiosis del materialismo y el idealismo conjugados en la actividad fantaseada del ideal abstracto: la falsa conciencia. Sumergidos en “una sociedad donde nadie puede ser reconocido por los demás, cada individuo se vuelve incapaz de reconocer su propia realidad”, el ser ha sido desplazado hacia su reificación como productor y consumidor para mantener la cadena productiva de su neutralidad pasiva. Si bien los individuos no se encuentran en estados disociados propios de un cuadro clínico de esquizofrenia, padecen de la catatonía de su decadencia dialéctica ante la ausencia del diálogo ejecutorio.
El pseudo-mundo aparte, alejado de nuestro centro histórico, ¿no es ya más que un objeto de mera contemplación? ¿Una quimera lejana en la cual reposamos en la lejanía? Evidentemente hay una degradación del ser en tener, la realidad especulativa del prestigio inmediato como función última; aquí se observa la especialización del poder en vista de la apariencia fetichista, suplantando la conciencia por la “conservación de la inconsciencia en medio del cambio práctico de las condiciones de existencia”. El mundo se ha proletarizado si tomamos en cuenta que no puede haber libertad fuera de la actividad ya jerarquizada y dependiente de figuras que encarnan cualidades humanas deseables, de la producción circular del aislamiento que funda la técnica, en un campo de despliegue incesante del trabajo-mercancía que desemboca en la abundancia donde la cuestión primaria de la subsistencia está resuelta; la liberación de esta presión natural aúna la magnitud de las mercancías vedettes, que como mercancía total debe retornar fragmentariamente al individuo deconstruido, fragmentado, para que el ciclo prosiga, todo a través de la dominación especializada con las ramas de la sociología, psicotecnia, cibernética, semiología, mercadotecnia, etc., con el fin de lograr la integración por un excedente del deseo artificialmente inducido en consecuencia del excedente del tiempo de ocio, “la liberación del trabajo” por la automatización. Prácticamente, el proceso corresponde a la sumisión al resultado. Este es el mundo de la economía de la pseudo-libertad.
“Cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo”. Se ha transformado políticamente la percepción, que nos relega en un presente perpetuo en cuyo interior “todo lo que ha sucedido existe solamente para un espacio accesible para su política ideológica-burocrática”.
A saber, cierto: el hombre se ha temporalizado. Con esto, el mito se ha trastocado; ya no es más la construcción unitaria del pensamiento, sino que se convierte en el contexto espectacular de los medios de condicionamiento e ilusión más modernos. “Los poseedores de la historia han asignado al tiempo un sentido: una dirección que es también una significación”. Por ello, en el plano de “las prácticas sociales existentes con las que se encuentran identificadas para siempre todas las posibilidades humanas no tiene otro límite exterior que el temor de volver a caer en la animalidad sin forma”. En síntesis, “los hombres deben permanecer iguales a sí mismos”. Se ha instaurado y consolidado “el tiempo de las cosas, con la permanencia de una nueva inmovilidad de la historia”.
A manera de epílogo, Kierkegaard consignaba: “Una única observación todavía a propósito de tus numerosas alusiones referentes a todas al prejuicio de que yo mezclo a mis dichos conceptos prestados. No lo niego aquí ni ocultaré tampoco que esto era voluntario y que, en una nueva continuación de este folleto, si alguna vez la escribo, me propongo llamar al objeto por su verdadero nombre y revestir el problema en una investidura histórica” (Migajas filosóficas).










